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9 julio 2011 6 09 /07 /julio /2011 22:59

El agua que has vertido no se puede recoger.

Las palabras pronunciadas no tienen vuelta atrás.

 

 

En las viejas montañas de la Asturias profunda siempre se tuvo claro que la maledicencia causaba tanto daño como el asesinato o el crimen.

 

 

Esto era en unos tiempos en que los muertos y los vivos vivían juntos,  en la vida y en la muerte en que La Güestia recorría los caminos y el Nuberu hacía de las suyas en las tétricas noches del invierno.

 

Sucedió en un día normal, en una noche normal  como tantas otras, alegre para una juventud vivaz que disfrutaba su alegría.

 

Había sido fiesta en la villa e iban ya de retirada, valle arriba. Habían atravesado ya unos cuantos  pueblos,  en los que unos y otros, los de los pueblos de abajo, se habían ido quedando, ya habían llegado a casa.

 

El grupo de la montaña estaba ya debilitado. Quedaban sólo los de los pueblos lejanos, de más larga retirada…  María, Juana, Emilia,  La Paraya…

 

Y entre chanza y chanza, hablaban de unas y de otras,  de los presentes y de las ausentes….

 

-         Juan es buen chaval,  Emilia una gran rapaza.

 

-         Jandra es buena, pero… - dejó caer suavemente Rosa-

 

-         ¿pero qué? –pregunta Emilia

 

-         Nada, nada.

 

 

Y  la cosa quedó ahí. Unas y otras intrigadas. Pensando como averiguar un poco más, haciendo planes de pesquisas…

 

                                                                                                          ….

 

Al domingo siguiente,  el fallecimiento de  Jandra era la noticia del día.

 

-         Así,  de repente …

-         ¡Estaba tan sana!

 

Y fue una de esas muertes que marcan. Cercana. Amiga de siempre. Vecina del valle; en el campo de la iglesia cada domingo. Siempre en la villa, en los bailes, en las retiradas… compañera cada día en los  comienzos de la ruta hacia casa. Hoy ya no estaba.

 

Un desasosiego muy hondo los embargaba a todos. El alma se resentía. El dolor estaba, ilocalizable, continuo, angustia indefinida…

 

 

Aquel oscurecer tenía una especial dureza, era especialmente oscuro….  El camino a casa era más triste, una sombra inesperada, parecía esperar en cada curva… 

 

Ya en casa, Rosa no podía conciliar el sueño. La noche era profunda, “oscura como la boca de un lobo”. Lo confirmó una y otra vez al asomarse a la ventana. La luz ¿de la luna? le impedía conciliar el sueño.

 

Ya muy de madrugada, lograba echar un sueñecito, quizás un duermevela…

 

 

A las cuatro de la mañana un fuerte ruido la hizo reaccionar. Algo había caído en el desván. 

 

No era horas para ir a mirar  y había que seguir durmiendo…  Pero no había manera. Parecía que andaba gente en el desván.

 

La noche se hizo larga. Eterna.  Los ruidos eran persistentes, intranquilizadores… Incomodaban.

 

Y también el día se  hizo largo. El cansancio de una noche en vela hacía difícil concentrarse en las tareas.

 

                                                                                                       ….

 

Y continuaron las noches sin descanso, de ruidos y de luces que iban y venían. Gente que caminaba  en el desván, cuchicheos o lejanas conversaciones…   y los días largos,  largos... La debilidad empezaba a hacer mella. Rosa estaba a cada día más débil, más pálida… 

 

A preguntas de sus compañeras, les contó sus noches de insomnio. Les habló de los ruidos y de las luces… No la creyeron,  pero María se comprometió a dormir en su casa unas noches,  hasta que Rosa se tranquilizara.

 

 

Aquella noche también fue de insomnio. Luces que se hacían sombras,  que se acercaban a sus camas. María creyó oír su nombre. Alguien la llamaba  desde el fondo del desván…

 

-         -La noche fue larga y larga. – Le contaban a Juana de mañana

 

-         Pues que van a ser ánimas –Aventuró Juana

-         ¡Qué dices mujer! –contestó María-

-         Que son ánimas –siguió Juana- hay que requerilas.

 

 

Y aquella noche se juntaron las tres en el cuarto de Rosa.  Y cuando empezaron los ruidos dijo Juana:

 

-         ¿Quién sois y qué queréis?

-        

-        

Nadie respondió.

 

-         ¿Quién sois y qué queréis? –volvió a repetir.

-        

-        

 

 

Preguntó varias veces y nadie respondía. La intranquilidad, el miedo, las empezaba a invadir. María, literalmente, tiritaba.

 

-         Nada, tienes que se tú.- dijo Juana dirigiéndose a Rosa.

-         Por favor Juana ¡ no ! No me atrevo

 

Después de un rato Rosa ya dudaba. El miedo era fuerte, fuerte:

 

-         ¿Quién sois y qué queréis?

 

 

Y una voz triste, muy triste:

 

- Rosa soy yo, Jandra.

 

-Jandra ¡por Dios! ¿Qué quieres?  -apenas acertó a susurrar una más que asustada Rosa.

 

-Rosa, la noche de jueves santo te espero en la Iglesia.  A medianoche, no faltes.

 

Y hubo silencio. Ni ruido. Ni luces. Faltaban tres meses para  jueves santo.

 

                                                                                                                 

 

A medida que se acercaba la fecha señalada, los miedos aumentaban. Un escalofrío recorría su cuerpo cuando pensaba en ello. A veces, incluso,  dudaba si acudir a la cita:

 

-¿Que iba a pasar  en la iglesia? ¿Qué quería Jandra?

 

 

Y llegó el jueves santo. Camino de la Iglesia su cuerpo un miedo indefinido la invadía . Las manos no la obedecían, temblaban más y más.  En la iglesia había luz. Entreabrió la puerta y pudo ver  a varias personas en los bancos delanteros. Dos curas revestidos andaban por  la zona del altar.  Entró y se quedó en la zona de atrás,  al lado del agua bendita, de la que echó mano como amuleto a su miedo en incremento.

 

Apenas habían transcurrido unos segundos,  eternos segundos de angustia, cuando vio acercarse a Jandra.

 

-         Hola Rosa, has venido….

-         Jandra…. –acertó a musitar  en un hilo de voz

-         Rosa –continuó Jandra- coge agua bendita en tus manos y échala al suelo.

-         ¡Jandra!

-         Hazlo Rosa,  te lo ruego.

 

Rosa hizo un cuenco con sus manos y arrojó agua al suelo varias veces. Pudo apreciar como algunas personas se acercaban. Creyó reconocer ¿o no? a alguna de ellas. Quizás a su madrina,  fallecida ya hacía años…

 

Y pudo ver como el agua que iba tirando se esfumaba en el suelo de madera de la Iglesia.

 

-Rosa,  recoge el agua que has tirado, vuélvela a la Pila –Le dijo Jandra

 

-No puedo Jandra, el agua ya no está –balbuceó Rosa en profunda angustia.

 

-Pues eso, Rosa,  hiciste con mi fama. No se pudo recoger. Las palabras pronunciadas no tienen vuelta atrás.

 

Y la Iglesia quedó a oscuras.  A Rosa le entró aún más miedo del que tenía y salió de la iglesia  lo más aprisa que pudo. Un profundo silencio y una total oscuridad iban quedando a sus espaldas.

 

 

 

 

 

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Published by Nosé Nosé
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